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domingo, 28 de febrero de 2010

El derecho de hervir una langosta o el derecho de vivir (¿o morir? por lo menos) en paz

La elección del tema de esta semana (pasada ya) fue mañosa. Mis visiones del mundo son simplistas, si quieren. Ilusorias, ingenuas también. Pero de otra manera no podría seguir existiendo. No podría levantarme cada mañana, aunque casi siempre me cuesta mucho trabajo, pero lo hago y sigo en lo que ahora (que soy tan joven) me parece un eterno caminar.

Tal vez me equivoqué y la pregunta-tema no debió ser  “Por qué a las langostas no les gusta que las hiervan vivas” sino “Por qué no entendemos que a las langostas no les gusta que las hiervan vivas”, o más bien, “Por qué no nos importa hervir vivas a las langostas”. Qué importan las respuestas a estas cuestiones… Dicen que como humanos, portadores de la razón y el pulgar oponible para materializarla, tenemos el derecho de poner una langosta viva dentro de una olla, porque sabemos que sabe bien, y como humanos que somos, tenemos derecho de someter a otros seres, de la nuestra o de otra especie, porque quizá nos es más cómodo, porque quizá es mejor para el que puede hacerlo. Yo no tengo las palabras para compartir mi preocupación, ni mi tristeza, y tampoco para describir el dolor que nos provocamos los unos a los otros. Sé que está ahí, como muchos, pero no puedo simplemente voltear a mirar a otro lado, como muchos tantos.

Dice Bruno Latour que la modernidad ha impuesto su visión sobre lo que ella misma considera Naturaleza y Cultura (y el fantasma de Lévi-Strauss me persigue hoy). A partir de esta categorización muchos han redefinido las fronteras entre una y otra,  pero la división siempre está ahí. Para otros, para quienes no comparten la visión occidental hegemónica, tanto para los grupos humanos periferizados por ella misma, como para intelectuales como el mismo Latour que dice que la separación Naturaleza-Cultura no sólo no existe, sino que no es posible. Sinceramente, no tengo ánimos de exponer sus argumentos*, pero ahí va algo:

Esa categorización sólo es la justificación de una asimetría impuesta por la hegemonía, por los occidentales, los modernos (y los “posmos-pasmados”), los civilizados, los vencedores, los que controlan, los (humanos) que tienen el poder. Así como tenemos que entender que cada colectivo humano construye su relación particular con lo que los modernos llamarían “naturaleza”, es necesario rechazar que somos poseedores de algo que se está disolviendo por nuestra causa, pero de lo que curiosamente formamos parte, y de lo que, cagadamente, dependemos.

Atáquenme pues, ante la debilidad de mi discurso; tienen el derecho pues quizá no me explico lo suficiente, y tienen el derecho, porque sabe bien tener la razón. A pesar de todo, de que las cosas no cambien, y me digan que no  vayan a cambiar, todas las noches regreso a la cama para levantarme al día siguiente puesto que (dice Galeano, y su palabra me es suficiente) tengo, como todos, el derecho soñar…

 


Hasta la próxima.

 

*En todo caso, si se trata de eso mejor leerlo a él, ja!

lunes, 22 de febrero de 2010

Dicen que las langostas son muy ricas

Si yo fuera una langosta con capacidades intelectuales humanas y estuviera a punto de ser hervida viva, pensaría que los que hacen inminente ese hecho son unos bárbaros salvajes. Condenaría sus actos y apelaría a algún tipo de derecho langostino.
Sin embargo soy un humano, y aunque nunca he probado las langostas, dicen que son deliciosas.
Teniendo como base, pues, el hecho de que pertenezco a una especie más poderosa y desarrollada, me queda claro que tengo el poder [capacidad de hacer] de hervir a las langostas que quiera. ¿Por qué? Porque puedo hacerlo y no hay derecho que me lo impida. Y aun suponiendo la existencia de un derecho langostino, ¿Por qué habría de cumplirlo si no posee un aparato coercitivo poderoso que lo ampare?, es decir, ¿Acaso hay un ejército de langostas con armamento nuclear o una policía con gases de intoxicación que respalden tal derecho y me obliguen a respetarlo? No en este mundo.
Lo mismo aplica desafortunadamente en los humanos. En el pasado grupos de humanos más poderosos (piénsese económica y militarmente cuando se habla de poderío de pueblos) que otros los sometieron y esclavizaron, sin que los segundos pudieran hacer nada. Algunos lucharon, pero finalmente fueron sometidos.
Ahora pensemos en los Estados actuales, los cuales tienen en su interior un sistema jurídico amparado por un poder coercitivo el cual hace respetar la ley (aunque eso no suceda en México). Este sistema no aplica hacia lo externo. No existe un poder coercitivo que haga respetar el derecho internacional, lo único que existe es un frustrante "rechazo internacional". Estados Unidos, por ejemplo, desobedeció una orden de la ONU de no invadir Irak. ¿Por qué? Porque tiene el poder de hacerlo.
Empero no todo es terrible, desde los antiguos ya se consideraba algo que puede impedir que la injusticia suceda: la ética. Desafortunadamente el cumplimiento de esta es opcional.
La sociología política -mal llamada ciencia política- reconoce que en última instancia es el poder como capacidad de obrar el que es el determinante para el curso de los hechos. Y es esta visión -cierta aunque ausente de toda conciencia moral- la que a mi parecer promueve los hechos más horrendos: abuso, imposición, autoritarismo, guerra, muerte y destrucción. Las pasiones no son tan buenas como creíamos.
Sigo a Freud en la creencia de que poseemos pulsiones originarias de muerte, pero también creo en la capacidad de la cultura para sublimarlas con el poder de la educación y la razón.